Último deseo de Têophile Gautier
Hace ya tanto tiempo que te adoro,
dieciocho años atrás son muchos días...
eres de color rosa, yo soy pálido,
yo soy invierno y tú la primavera.
Lilas blancas como en un camposanto
en torno de mis sienes florecieron,
y pronto invadirán todo el cabello
enmarcando la frente ya marchita.
Mi sol descolorido que declina
al fin se perderá en el horizonte,
y en la colina fúnebre, a lo lejos,
contemplo la morada que me espera.
Deja al menos que caiga de tus labios
sobre mis labios un tardío beso,
para que así una vez esté en mi tumba,
en paz el corazón pueda dormir.
Versión de Carlos Pujol
jueves, 26 de enero de 2012
lunes, 9 de enero de 2012
ÁLVARO POMBO
Ganador del premio Nadal 2012
FRAGMENTO DEL ARTÍCULO QUE EL PAÍS.COM DEDICA AL ESCRITOR
Ahí está. Incansable, engarzando ya citas de un filósofo tras otro de buena mañana, aunque sea la de apenas seis horas después de haber acabado los fastos del 68 premio Nadal, que el pasado viernes ganó con El temblor del héroe, inquietudes (o falta de ellas, mejor) de un tal Román, profesor universitario jubilado que ni se inmuta ya ante la desgracia del otro, por más dramática que sea y que de alguna manera él critica. "Tenía pensado titularlo El furor heroico, por Giordano Bruno, ese delirio por alcanzar la divinidad, la belleza, el bien, pero quedó en eso", deja caer Álvaro Pombo (Santander, 1939), nariz aguileña y barba de mentón pujante, rostro camino de la medialuna reflejo de una obra narrativa de corte reflexivo, "de poética del bien" la ha definido, y que ha impregnado la casi treintena de títulos de su obra. Y no está cansado de ello a pesar del escaso eco que parece tener su prédica en la sociedad española. "Sí, mi Román está cansado y frustrado ante el mundo; yo aún no, lo que puede hacer de mi un estúpido; tengo picos, pero gozo de buena salud, quizá eso me permite seguir pensando en este mundo platónico: creo que debemos hacer el bien o nos quedamos como criaturas inacabadas; el problema es que hoy estamos muy instalados en la filosofía del inacabamiento, del deslizarse por todo, muy rápido, todo por Internet... Lo que no sé es cómo se hace para reconducir esto; por eso escribo, porque la novela es gaseosa con dinamita: los experimentos afectivos se pueden hacer sin causar demasiado daño".
Ahí está. Incansable, engarzando ya citas de un filósofo tras otro de buena mañana, aunque sea la de apenas seis horas después de haber acabado los fastos del 68 premio Nadal, que el pasado viernes ganó con El temblor del héroe, inquietudes (o falta de ellas, mejor) de un tal Román, profesor universitario jubilado que ni se inmuta ya ante la desgracia del otro, por más dramática que sea y que de alguna manera él critica. "Tenía pensado titularlo El furor heroico, por Giordano Bruno, ese delirio por alcanzar la divinidad, la belleza, el bien, pero quedó en eso", deja caer Álvaro Pombo (Santander, 1939), nariz aguileña y barba de mentón pujante, rostro camino de la medialuna reflejo de una obra narrativa de corte reflexivo, "de poética del bien" la ha definido, y que ha impregnado la casi treintena de títulos de su obra. Y no está cansado de ello a pesar del escaso eco que parece tener su prédica en la sociedad española. "Sí, mi Román está cansado y frustrado ante el mundo; yo aún no, lo que puede hacer de mi un estúpido; tengo picos, pero gozo de buena salud, quizá eso me permite seguir pensando en este mundo platónico: creo que debemos hacer el bien o nos quedamos como criaturas inacabadas; el problema es que hoy estamos muy instalados en la filosofía del inacabamiento, del deslizarse por todo, muy rápido, todo por Internet... Lo que no sé es cómo se hace para reconducir esto; por eso escribo, porque la novela es gaseosa con dinamita: los experimentos afectivos se pueden hacer sin causar demasiado daño".
Te recomendamos:Donde las mujeres, novela de Álvaro Pombo que en 1997 recibió el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de narrativa.El temblor del héroe.
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